El corazón es traicionero. Quiere algo con todas sus fuerzas, lo anhela tan ardientemente que te convence que si lo tuviera podría ser felíz por siempre y siempre. Después ya que obtiene el objeto deseado, llega a conocerlo mejor, lo mira por todos lados, lo pesa y dice a, después de todo hay muchas cosas mejores, como esta otra que está aquí a un lado por ejemplo, mira.. uu, si tuviéramos esto seríamos verdadera e indudablemente felices.
Sí, el corazón se distrae fácilmente con sus pasiones. Enloquece con una nueva idea, con un nuevo reto y ya que lo alcanza dice a, he superado el obstáculo, obtuve lo que quise luchando fuertemente, ahora necesito algo más. Ni siquiera voltea a ver que tú te has quedado con las consecuencias que él recientemente ocasionó.
Y así va por la vida el corazón, buscando nuevos objetos para desear, nuevas circunstancias por las que aspirar. Es como un gitano nómada y astuto que ronda el mundo adquiriendo cosas y deshaciéndose de ellas ya que las ha aprovechado.
El corazón es indiciplinado y necio y desordenado y caprichoso. Dice quiero! dame!, hace berrinches como niño llorón y de igual forma te manipula si no le enseñas a respetarte.
Pero el corazón no es lo único que nos conforma. También existen otros elementos en nuestro ser más racionales, instruídos y sabios. Gracias a Dios.
El corazón no es malo, sólo que no es muy inteligente. No es sabio darle el control remoto de la vida de uno.
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