Esto sucedió una vez entre un amanecer y una puesta de sol. Más hacia el atardecer que hacia la elevación del astro. Decía pues que esto sucedió.
Había un río en la cercanía. Un río que podía ser burlado con la ayuda de un puente. El puente en sí mismo gozaba una longitud de quinientos pasos, lo que nos dice que era sin duda río caudaloso y en ningún caso podía confundirse con arroyo.
Empecé bien a cruzar el puente. Cuando tan sólo llevaba algunos ochenta pasos, me detuve a considerar la enorme cantidad de agua que fluía abajo mío y pensé que sin duda ajustaría para mojar tanto tanto tanto.. Y sin embargo no mojaba nada, además del lecho del río. Y de las raíces rojas de los sauces. El agua respetaba la sequedad de las cosas alrededor suyo y se mantenía toda junta sin desparramarse hacia cualquier lado, mojándose sólo a sí misma. Chapoteando apenas en las piedras y en los troncos caídos, en los cocodrilos y en el fleco de las aves al beber.
Me senté en el puente en el paso ochenta y cinco. Es decir, había yo apenas empezado. Me senté donde quise, de todas maneras era muy raro que alguna persona pasara doscientas veces sobre ese camino suspendido. Y yo no había pasado sino sólo ochenta y cinco, como ya he mencionado.
Me quedé ahí sentada viendo pasar el agua. Así estuve durante horas largas y finalmente atardecí en el puente sobre el río.
Tuve tiempo para imaginarme mojada, para imaginarme caída en la corriente y nadada. Desesperada. Habiendo tenido que tomar agua hasta que ya casi no me cabía en el estómago. Pero pronto descubrí el remedio imaginando a su vez que era agua de coco la que tomaba y no agua de río, no agua de roca, sino agua de coco que hacía bien a mi ser. Y me sentí alegre.
Ahí sobre el puente alcencé a hacer muchas cosas y estar en diferentes lugares y en diferentes circunstancias de mojadez y sequedad, sin moverme ni un sólo paso de donde me había sentado, sin haber necesitado mojar mis ropas ni llenar mi estómago de agua. Al final me puse de pie y pasé el resto del puente, hasta la otra orilla del río que no tenía nada de arroyo.
El agua se oyó en el pastizal. Llegó a darme con su voz, aunque más con sus reflejantes ondas, la despedida del día.
Y así, mis ojos estuvieron llenos del reflejo del líquido cristalino, y mis pies llenos de agradecimiento por el descanso obtenido, y mis manos llenos de flores, mi cabeza llena de cabello negro que salía a raudales y se enrollaba con el viento como las corrientes que había observado toda la tarde.
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