Una vez durante su infancia fue dueña de una muñeca de vestido rojo y cabello largo. Cuando otra niña, atraída por la gracia de la muñeca, la tomaba sin permiso ella decía:
Esta muñeca es mía.
Y entonces se la quitaba y sólo se la prestaba a quien le apetecía a su corazón prestársela.
Otra día llegó a casa y vio a su hermana con su pantalón favorito:
Por qué te pusiste mi pantalón? Me lo pediste acaso y te lo presté? Por qué tomas mis cosas sin pedírmelas?
Aún en otra ocasión no encontró el billete morado que había dejado sobre su escritorio y dijo: Alguien se robó mi dinero. Y se ofendió, puesto que había trabajado una semana para poder ganarlo y ahora ya no tenía acceso a él más. Qué derecho tenía otra persona de privarla de algo que le pertenecía?
Así vivió. Diciendo todos los días:
Mira, esta es mi casa, bienvenido. Te presto mi muñeca. Quítate mi pantalón favorito. Quieres probar mi malteada? No brinques en mi cama. Te permito dormir en mi cuarto mientras yo no esté. Oye, estás pisando mi tapete, allí es donde hago ejercicio! Regrésame mi dinero.
Y así, diciendo siempre mi mimimimi..
Asumiendo inconcientemente que tenía derechos y, que era digna de todas aquellas cosas a las que le añadía el prefijo mi. Pensando que le pertenecían y que ella tenía el poder absoluto y la última voluntad sobre tales objetos.
Pero también todos los días decía cosas como:
Dónde está mi hermano? Bueno, mientras tanto, te presento a mi amigo Arvid, mi novio ya no tarda en llegar.
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Las cosas que nos rodean poseen un gran índice de volatilidad, pero no nos damos cuenta.
Todas las personas, las oportunidades, las pertenencias, tienen una fecha de caducidad y no se les puede agregar conservadores.
La repetición de una misma palabra deteriora la sensibilidad, adormece la conciencia y se nos ocurre que ese hermano me pertenece a mí y que me debe dedicar tiempo, que ese es MI amigo y que él tiene la obligación de escribirme y de ponerme atención.
Pensamos que lo que nos rodea está ahí para permanecer; que mis amigos actuales siempre serán mis amigos; que las cosas deben ser así de la forma a la que yo estoy acostumbrada. Como si el orden que conocemos en el mundo también fuera nuestro y sufrimos cuando somos privados de él. Y si uno de nuestros seres queridos muere nos ofendemos y pensamos:
Dios! por qué me lo quitaste?! Qué hice yo para merecer esto y para ser tratado injustamente!? Alguien me ha privado de algo de lo que yo antes gozaba. Me han robado! Nadie me preguntó si estaba lista para dejarlo ir! Nadie me avisó que esto sucedería y no alcancé a hacer todo lo que hubiera querido hacer y decir! Cómo se supone que yo podría haber sabido?
Como si las personas queridas estuvieran ahí para satisfacer nuestra necesidad de ellos. Como si nos pertenecieran y estuvieran aquí por nosotros. Como si todo girara alrededor nuestro. Además, como si no hubiéramos tenido miles y miles de oportunidades de expresar nuestros sentimientos, de pasar tiempo con ellos, de alegrarnos de estar juntos. Entonces por qué nos sentimos ofendidos, extrañados, indignados? No tuviste tú la oportunidad y la desaprovechaste? Entonces eres tú el culpable, no es cierto? Porque tú tienes capacidad de decisión, y tú decides cada día, cada minuto qué es lo que quieres hacer y qué es lo que quieres decir. Tú tienes poder para mejorar tu actitud cada momento. Y sin embargo, ya que no se puede hacer nada entonces sí haces efectivo tu derecho de elegir. Y es cuando eliges quejarte.
Todas las cosas pasarán, las personas, las oportunidades, las pertenencias, la juventud, las fuerzas, la salud, la belleza. Nada es eterno en este mundo.
Tener a tus seres queridos alrededor es un regalo, no es una circunstancia garantizada. Es una bendición, no es un derecho que puedas hacer cumplir, o algo que puedas exigir.
Tener todo lo que tienes es un regalo, las posesiones, las oportunidades, las personas, lo mucho o lo poco que tengas. Es un regalo y se debe valorar como tal. Más aún porque todos esos son regalos temporales. Todo lo que tienes no te pertenece en realidad, por más mimiimi que digas. Ni si quiera tu cabello durará eternamente en tu cabeza, y es TU cabello, de nadie más, te pertenece a ti, y sin embargo también te dejará y a nadie puedes reclamarle. No hay necesidad de enfadarse, de sentirse ofendido, ni de sentirse tratado injustamente.
La transitoriedad es, supongo, la característica más propia de este mundo. Todo fluye, todo huye, todo cambia, todo caduca, todo se fuga, todo se marchita, todo perece. No es eso lo más normal en esta vida? Y entonces por qué vivimos como si todo fuera eterno? Y por qué nos enojamos cuando algo cambia, si hemos acordado que es lo más normal?
Nos enfadamos con la vida, con el mundo, con el destino, con la suerte, con Dios (o con cualquier otra cosa que se le quiera agregar a la lista) porque no somos lo suficientemente valientes para aceptar que, si hay alguien a quien reprocharle algo es a nosotros mismos, por no haber hecho a tiempo lo que debíamos hacer.
Es como si por estar ocupada en mis asuntos, me empiezo a bañar cuando ya es tarde, luego me visto, me peino con toda calma, luego me calzo, luego me quedo a platicar con mi vecina un rato y por fin llego a la boda tres horas después de lo acordado. Es como si, al darme cuenta que la fiesta ya ha terminado, me enojara, me ofendiera y me pusiera a culpar a todo el mundo por haber terminado la celebración antes de que yo llegara...
Te fue dada la oportunidad de celebrar, de reír, de fotografiar, de decir, de abrazar, de llorar juntos, de cantar, de bailar. Si tú decidiste (tú solo) no asistir y no aprovechar el momento, entonces por qué culpar a algo o a alguien más de tus propias decisiones?
En este mundo nada durará por siempre y no hay nada que puedas retener.
Todas las cosas que existen son semejantes a avestruces - incapaces de volar, pero bien adaptadas a la carrera. Por lo tanto, sólo las puedes disfrutar en ese momento mientras son y mientras están.
En realidad deberíamos estar disfrutando todo el tiempo, disfrutando y disfrutando, sin dejar de disfrutar. Lo bueno y lo malo, los éxitos y los fracasos, la carencia y la abundancia. Por muy poco que tengamos eso siempre se podrá valorar y disfrutar. Porque el valor no es una propiedad intrínseca de las cosas, sino que es algo que se les da desde afuera. Es la persona la que decide qué valor tiene algo. No es que los éxitos tengan valor positivo y los fracasos tengan valor negativo. Todo depende de qué valor quieras darles tú. No es que los cumplidos que las personas te hacen cuando haces algo bien tengan un valor positivo, ni tampoco es que las correcciones que te hacen cuando te equivocas tengan valor negativo.
Quién me diera que en lugar de recibir cumplidos recibiera correcciones costructivas! Las correciones, a mis ojos, tienen mucho más valor que los cumplidos. Puesto que las primeras activan, mientras que los segundos susurran al oído, arrullan y adormecen.
Las primeras dicen: estamos seguras que puedes hacerlo mejor si tú quieres! ánimo! es sin duda posible para quien se esfuerza!
Mas los segundos dicen: oh, qué bien lo has hecho! mejor qué tú no hay nadie! tienes un desempeño mejor que el de todos tus demás compañeros!
Ciertamente es agradable recibir cumplidos. Especialmente cuando se han invertido muchos esfuerzos para lograr lo obtenido, pues te hace saber que los demás consideran tus luchas y reconocen tus logros. Así digo, que los cumplidos son placenteros, mas las correcciones son eficientes.
Pero nosotros no disfrutamos, sólo nos quejamos. Hasta que un día nos damos cuenta que ya no tenemos casa, y que ya no tenemos amigos, y que la juventud se ha esfumado y que las fuerzas se han desvanecido y que ya no tenemos nada de lo que solíamos tener. Y nadie nos pidió permiso para quitárnoslo todo poco a poco.
Debido a que los hemos visto día tras día tras día, todos los días desde que nacimos, pensamos que también estarán ahí mañana, y el siguiente día y el siguiente día hasta la eternidad. Y como decimos es mío, mío míomíomío pensamos que sólo podrá dejar de existir cuando yo decida deshacerme de eso.
La repetición, pero más que nada la inconciencia, son causa de destrozos en las vidas de las personas.
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