El día estaba ya viejo.
Murió sin pena y dolor. Tranquilamente. Cediéndole su lugar al día siguiente y dándole sus saludos y sus mejores deseos para su estancia en este mundo.
Otro día pequeño, fuerte y brilloso lo remplazó, pero no se ensoberbeció su corazón, pues sabía que tendría el mismo destino. Moriría oscuro, también sin sol.
Así el nuevo día se esforzó por tener una vida productiva y saludable, y vivió tan longevo como cualquier otro de los días. Asimismo inefablemente murió.
Cada día da lo mejor de sí. Todos saben que su tiempo en este mundo es limitado.
Si nosotros, como los días, supiéramos exactamente de cuánto tiempo disponemos, seguro nos esforzaríamos también.
Cada día se enfoca solamente en sus propias 24 horas, pues sabe que no tiene caso preocuparse por las 24 horas siguientes, ya que están fuera de su alcance.
Y así, día tras día, el año llegó a su fin y finalmente también murió.
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